Un sonido seco le sobresaltó, un fruto en exceso maduro del árbol que se erigía sobre su cabeza se desprendió de la rama de la que pendía y se precipitó al suelo. Desvió su mirada, hasta entonces perdida en el horizonte, para localizar la fuente emisora de esa perturbación y descartada una amenaza desconocida volvió a dirigirla al frente, abriendo sus pupilas y dejando el sentido de la vista subordinado al resto de funciones de su mente.
De nuevo, tras esta pausa, su mente se llenó de imágenes; recordaba aquel largo pasillo, su habitación al fondo y el salón al inicio, aquellas carreras con el triciclo, aquel muñeco "chutador de penaltis", aquellos juegos de chapinetas a escondidas de la figura tierna de su abuela, siempre protectora (incluso de la integridad de brillo de sus suelos) y de la no menos tierna pero más imponente de su abuelo. Había sido un niño frágil, delicado y enfermizo, sus padres se separaron de él con el dolor que ello conlleva para que su salud fuera lo suficientemente fuerte para mantenerlo vivo y que la frágil linea que le agarraba a la vida se fuera reforzando. Sus abuelos lo fueron todo y ¿por qué no decirlo? lo siguen siendo todo; hoy día la imagen de su abuelo seguía siendo punto de referencia para casi todas sus actuaciones y aquellas en las que no lo era, ¡qué casualidad! fallaba estrepitosamente.
Demasiado deprisa transcurrió su infancia, como la de todo el mundo vista desde la madurez y mucho más vista desde la ancianidad, con continuos achaques y ganando poco a poco en salud; recordaba ahora con simpatía lo mal que lo pasaba cada vez que viajaba a Madrid a ver a sus padres y hermanos; pero mal en todos los sentidos que ahora podía imaginar. De esta etapa, de la cual no se sentía en exceso orgulloso, guardaba en el rincón de su cerebro etiquetado como "No olvidar jamás" el nombre de dos amigos que le protegieron en su fragilidad, que fueron su diversión y la distracción de su enfermedad. Dos hermanos mellizos a los que les debe gran parte de lo hoy es; tampoco pasa un día sin que agradezca para dentro (siempre para dentro, la cruz del transcurrir de su vida) lo que hicieron por él.
Quizás de toda esta fragilidad y dependencia de los demás se derivaba su actual timidez patológica, su falta de decisión ante cualquier situación, como si tuviera que esperar que su abuelo o cualquiera de los dos mellizos le sacara del apuro. Pero estaba seguro que esto estaba cambiando, lo estaba superando gracias a la persona que era su vida.
De nuevo su mente volvía a formar imágenes nítidas, ya no era su pueblo, su lugar, su refugio; aparecía desamparado más vulnerable que nunca, enfermo en la cama y alejado de la guía y cariño de sus abuelos, de sus amigos, de su Vida; pensó que no podía ser otro sitio, Madrid, la "guarida del oso", lo más parecido al infierno que su niñez pudo vivir. Fuera de donde había vivido hasta ahora todo era adverso: clima, el polen (para su eterna compañera la alergia), amigos y hasta sus aficiones futbolísticas (¡Ayy ese Barça siempre presente!). Solamente el abrigo de su casa con la compañía de sus hermanos hasta ahora lejanos personajes de la novela de su vida y su madre le servía como alivio; por entonces su padre por más que lo intentaba no era más que un señor al que respetaba en exceso, aunque poco a poco demostrara que la bondad y el juicio justo de su razón no eran fruto de la providencia o el azar sino de la genética.
En estos recuerdos sería injusto que no apareciera su otra guarida, su otro refugio, muy cerca del anterior ya que sólo había que desplazarse unos metros, unos escalones y cuando el parapeto principal se volvía hostil (la comida era un verdadero martirio, odiaba recordar aquellos sabores y aquellas texturas) siempre aparecía la luz del escondite reserva. ¡Cómo echaba de menos a su tío! y ¡cuánto apreciaba a su tía!.
Su tío, ¿era posible que no fuera a verlo nunca más?, ¿como pudo ocurrir tan rápido?; aunque a decir verdad él lo supo desde el principio, con la hoja del diagnóstico en las manos supo que su tiempo finalizaba y las esperanzas de tenerlo como amigo para siempre fueron desapareciendo con cada palabra que iba leyendo. Como le hubiera gustado no saber lo que se avecinaba, como hubiera deseado mantener altas las esperanzas como las tuvo el resto de la familia; pero no fue así. Y como siempre con su valentía por delante no fue capaz de afrontar esa verdad ni siquiera de hacérsela afrontar a los demás. Esto era un salto demasiado grande en el tiempo y debería de ser evocado más adelante pero cualquier recuerdo de este gran amigo se emborronaba por el sufrido último año de su vida. Ahora quería volver a sentir su compañía, aquellas excusiones al parque de atracciones (de nuevo el más miedoso había atracciones que no eran para él) o al zoológico, y por supuesto los viajes Madrid - Águilas y viceversa cada fin de semana durante medio año. Si él pudiera ahora mismo volverían a reírse juntos como tantas veces al evocar el día de la gran tormenta camino de Madrid, ¿verdad que sí?, no hay respuesta. Ojalá y fuera posible que le ayudara ahora que de verdad necesitaba ayuda.
De nuevo otro fruto impertinente le devolvió a la realidad, centró la vista y se secó los párpados y las mejillas, ¿era alergia? ojalá. Se levantó del banco y observó su reloj sin demasiado entusiasmo, solo deseaba que las manecillas fueran lo más lento posible, ¡maldita sea! que se pararan.
Comenzó a caminar.
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