Caminaba lentamente como sin rumbo aunque el rumbo lo tenía bien claro, lo que iba a hacer en el destino, como siempre, no lo sabía. Recorría las calles como lo haría una cobaya en un laberinto sin premio, a derecha, a izquierda, al frente. Gran Vía ¿por qué no?; Trapería ¿qué problema había?, necesitaba más tiempo, más argumentos a los que agarrarse para decidir ya que esta vez, esta maldita vez, solo dependía de él.
Una mesa en la calle, ¿un café?, sí, claro que sí, buena idea. ¡Dios! como le gustaría poder oler el aroma de un buen café, si el sabor era tan reconfortante el olor sería..., pero era una tontería pensar en el olor ya que su genética, tan endeble, también se había olvidado de su olfato lo mismo que hizo a medias con su vista.
De nuevo perdió intencionadamente contacto con la materialidad para poder dejar su pensamiento abierto, bajar la pantalla en blanco y ver lo que en ella se proyecta. Mientras la cucharilla del café giraba y con ella la amarga infusión (¿cuanta sacarina era capaz de aguantar una taza de café sin que pareciera un caramelo?) la imagen de la pantalla fue centrándose y las sombras fueron formas y finalmente las formas rostros.
Era noche avanzada, tres hermanos nerviosos se agitaban en sus camas esperando una noticia, una nueva llegada a sus vidas; el padre aparece por la puerta sonriente y feliz, muy buena noticia, ha llegado María. Saltos, alegría, abrazos, risas nerviosas..., de repente suena el teléfono y el silencio inunda el recuerdo, desesperación en todos los rostros que evoca de ese momento. Estos recuerdos se agolpan y el corazón se encoge: María fallece a los pocos días. Lo recuerda como su primera pérdida y sus sentimientos en aquellos momentos eran difíciles de entender, las normas sociales decían que había que llorar sin embargo no puede no sabe porque pero no puede, solo siente tristeza por su madre. Incluso hoy día no sabe como reaccionar.
Desde aquel día un problema acompaña a su madre durante mucho tiempo y su imagen cojeando y con dolores en la cadera será su signo de identidad.
Resulta paradójico como la mente guarda unos recuerdos y desecha otros, su cansada cabeza era capaz de recordar cada detalle del nacimiento y muerte de María pero era incapaz siquiera de situarse en el día del nacimiento de Carolina; no lo sabía pero acertaba a intuir que el dolor grababa a fuego vivo los recuerdos en el cerebro y en el corazón; mala noticia, muy mala, esto significaba que estos últimos días vividos le iban a acompañar el resto de su vida porque más dolor era imposible sentir; eso pensaba él o mejor, quería pensar.
Los días de la preadolescencia pasaron sin más, pocos recuerdos, juegos en la calle y en la rambla (paisajes ya borrados de la geografía pero aún muy vivos en su memoria), amigos que en la ingenuidad de esos tiempos semejaban para siempre pero que filtrados a través del tamiz de la vida se reducen a unos pocos realmente verdaderos; uno o dos a lo sumo. De nuevo aquí la vida le colocó donde su físico y su carácter mandaban.
Niño gordito, apocado, con gafas e inteligente y estudioso; el primero en clase y el último en la dura ley de la calle y los juegos infantiles. Aunque su inteligencia y su saber estar le hicieron adaptarse mejor de lo esperado a lo que sus condiciones físicas determinaban.
También comienzan a llegar recuerdos de sus inicios en el mundo de los ordenadores, de la informática; causante mucho más adelante en el tiempo de la mayor de sus felicidades, la que lo mantiene erguido y vivo, y últimamente de la mala suerte que le tiene el corazón agarrado y lo aprieta fuertemente. No recuerda como ni cuando fue, ni siquiera el por qué pero si ve en esa pantalla de proyección de su memoria como estaba sentado delante de su televisor tecleando sin parar en lo que él consideraba un "maravilloso" ZX Spectrum 128Kb; cargando juegos sin parar y programando aquellos bocetos de programas, que requerían de toda su capacidad de resolución de problemas activada, que extrapolados a los momentos actuales harían reír a un niño de corta edad.
Una vida de niño, adaptada a sus circunstancias y escasa de alicientes, solamente su estudio y su aplicación le hicieron destacar donde el resto no sobresalían; pero ahora, pasado el tiempo, ¿de verdad se sentía orgulloso de esto?, ¿de verdad merecía la pena?, creía cada vez más que no que debería haber dedicado más tiempo a ser un niño, a disfrutar de lo que eso significa y menos a labrarse un futuro que a día de hoy veía de un solo color.
Por fin vivía en su pueblo, en su "lugarico", donde quería estar y donde seguramente desearía descansar en su momento, porque aunque como ella le dijo una vez: "uno es de donde pace y no de donde nace", él no podía imaginarse una eternidad sin notar la brisa del mar, sin calentarse aunque fuera su alma con los rayos de sol de su tierra. Y vivía allí y no solo acompañado de sus abuelos sino de toda su familia ya que una inoportuna "crisis bancaria" llevó a su padre a buscar trabajo donde más deseaba él. Se estrenaba casa pero los recuerdos de la antigua le acompañaría por siempre.
Y es en estos momentos y extrañamente no en otros cuando en su mente aparece la figura quizás más determinante en el resurgir de su vida social; su primo. Ahora recuerda con simpatía el momento en que se conocieron. Estaba jugando como cada tarde de aquel verano, hasta esos días no sabía lo que era estudiar en verano, con su flamante máquina, calor,mucho calor (¿cuando narices se inventó el aire acondicionado?) y su madre apareció en la habitación del fondo (la habitación del calor) con un chico alto, desgarbado y parecía que tímido (¡ja,ja,ja!, tímido):
"-Este es tu primo segundo de Madrid, Juan Antonio, hijo de tal y tal y nieto de tal y tal (el soniquete que nos aprendimos para decir la lejana familia que éramos); no tiene amigos aquí y viene a pasar todo el verano, a ver si os hacéis amigos."
Ya le había caído encima el pesado del verano, un chico que no hablaba ,distinto a él hasta en la forma de vestir, de la capital con lo que ello significaba, y con una altanería muy difícil de aguantar; sin embargo el tiempo le convertiría en el borde angular sobre el que cambió su vida.
A los pocos días eran inseparables y entre ambos se estableció una complicidad tan grande que ni el transcurso de los años ni las ausencias duraderas consiguieron que se rompiera; al cabo de las décadas, una simple sonrisa volvería a convertirlos a los dos de nuevo en adolescentes con su propio idioma ininteligible para los demás.
A partir de ese momento todo dio un vuelco, y usando expresiones comunes su vida giro 180º, sobre todo sus relaciones con los demás, ese verano aún no pues se dedicaron a lo que correspondía a su edad (14 primaveras), jugar y divertirse; pero el verano siguiente y sucesivos se iba a producir el gran "big bang".
El último sorbo del café estaba frío pero el café frío también le gustaba, era otra sensación, no se tomaba a sorbos cortitos pero el sabor también era atractivo. Sin embargo ese contraste de sabor le hizo aterrizar de nuevo en la realidad; se encontraba mejor, más despejado, pero no era aún el tiempo de decidir, su corazón ,quizás menos oprimido, necesitaba aún más tiempo para soltar el lazo que lo oprimía. Se daba cada vez más cuenta, la razón no podía realizar sus funciones con el corazon oprimido, pero las cosas había pasado como había pasado y estaban como estaban por más que deseara cambiarlas y la situación actual requería decidir, ¡que duro iba a resultar!.